Ya habían pasado dos días de absoluto silencio. La normalidad se asentó con demasiada naturalidad, casi como si fuera cosa de costumbre. Entre hacer sus turnos y revisar la prisión, todo de manera mecánica y sencilla.
No hubo ni tiempo para detenerse. O eso fue hasta que la luz del sol de la mañana iluminó su rostro; entonces desvió la mirada por la ventana de su puesto de control y cámaras.
En medio de los grandes muros de la prisión se podían ver animales jugando, empujándose, con sus barriga