A las cinco de la tarde, puntual como un reloj, Luis llama a la puerta. Me saluda y me da dos besos en las mejillas, que rebosan de felicidad. No sé por qué, pero vuelvo a sentir el palpitar de las ilusiones alcanzables, que puedo tocar si estiro un poquito la punta de los dedos.
Digo adiós a Sandra, y sé que en esta mirada que me dedica, me está diciendo que vaya con cuidado.
Me siento feliz, pero a la vez algo insegura. Hace tanto tiempo que no tengo una cita que no sé cómo comportarme, y al