El reloj marcaba las 7:00 p.m. cuando Isabela finalmente abandonó el imponente edificio de Luján Enterprises, su mente llena de pensamientos dispersos. La reunión había terminado, pero el eco de las conversaciones entre los inversores aún retumbaba en su cabeza. No había logrado lo que esperaba, y lo peor de todo: Natalia había dejado claro que no iba a rendirse sin luchar. La joven Ferrer había logrado algo que pocas personas podían: inquietarla, desafiarla con su audacia y, sobre todo, con su