El amanecer llegó con gritos.
Liria se incorporó de golpe en la cama, con el corazón martilleando contra su pecho. Los alaridos provenían del patio interior, donde las voces se entremezclaban en un caos de órdenes y exclamaciones. Se envolvió en una bata y corrió hacia la ventana. Abajo, una multitud de guardias y sirvientes se arremolinaba alrededor de algo que no alcanzaba a distinguir.
—¡Alteza! —Myriam irrumpió en la habitación sin llamar, el rostro pálido como la cera—. Han encontrado a un