—Ni una palabra, señora... o ambos moriremos en este instante.
El susurro ronco detuvo el flujo sanguíneo en la cabeza de Elena. En la oscuridad del sofocante archivo, el aroma penetrante a tabaco y canela invadió sus sentidos de inmediato. La mano firme que le tapaba la boca se aflojó lentamente una vez que Elena asintió con rigidez en señal de obediencia. Giró la cabeza y descubrió el rostro de Maria emergiendo de entre las sombras de las altas estanterías. El rostro arrugado de la mujer lucí