«Alessandro. Él no debe ver esto».
El corazón de Elena latía con violencia, golpeando sus costillas como si quisiera estallar. En su mano derecha, aún aferraba la daga ensangrentada y la carta de amenaza, mientras que, al otro lado de la puerta, la voz de Alessandro volvía a retumbar. Esta vez con mucha más fuerza, acompañada por el estruendo de los golpes contra el pomo.
—¡Elena! ¡Abre la puerta ahora mismo!
La orden absoluta cortó su conciencia. Si Alessandro irrumpía y encontraba la daga o l