El aire en la mansión Imperial se podía cortar con un hilo de seda. Eric sostenía la pluma estilográfica sobre el documento del fideicomiso, una hoja de papel que representaba su rendición absoluta ante Julia, aunque él lo viera como un escudo. Sus dedos temblaban ligeramente; no por duda hacia Julia, sino por el agotamiento emocional de sentirse el hombre más odiado de la ciudad.
Julia lo observaba desde el sofá, con las piernas cruzadas y una expresión de devoción ensayada. Pero en sus ojos,