El sonido de las válvulas de presión de la estación de bombeo era un gemido metálico ascendente, un grito de agonía mecánica que hacía vibrar el suelo bajo las rodillas de Sofía. Los manómetros de las viejas tuberías de la era soviética giraban frenéticamente, cruzando la zona roja hacia el colapso.
—Sesenta segundos, Sofía —la voz de Arthur Imperial, proyectada a través de los altavoces oxidados, era quirúrgica, desprovista de cualquier rastro de duda—. No desperdicies tu vida por un hombre qu