El aire de la estación de bombeo sabía a óxido y a olvido. Sofía emergió de la trampilla del túnel arrastrando el cuerpo de Elliot, cuyos pulmones emitieron un sonido desgarrador al encontrarse de nuevo con el oxígeno. Ella lo llevó hasta una esquina protegida por unas enormes tuberías de hierro fundido, lejos de las corrientes de aire que silbaban a través de los cristales rotos de la estructura.
—Quedate conmigo, Elliot. Por favor, no cierres los ojos —suplicó ella, con la voz quebrada.
Él no