A cientos de kilómetros del lago, en un búnker subterráneo revestido de mármol negro y tecnología que no saldría al mercado hasta dentro de una década, Arthur Imperial observaba la caída de su propio imperio con una impasibilidad que rayaba en lo patológico. Para él, la traición de su hijo Eric había sido un inconveniente; la filtración de Victoria, una vergüenza necesaria de limpiar. Pero lo que veía ahora en su pantalla principal era algo que no podía procesar con su habitual frialdad.
—Señor