El descenso por la trampilla fue como caer en la garganta de un gigante de piedra. El aire arriba, cargado de pólvora y el calor del incendio inminente, fue reemplazado por un frío húmedo que olía a tierra antigua y a olvido. Sofía bajó primero, sosteniendo la tableta con una mano para usar la luz de la pantalla como guía, mientras con la otra ayudaba a Elliot a descender los escalones de hierro oxidados.
Cada movimiento era un suplicio para él. Sofía escuchaba sus dientes castañear y sentía el