El ático de Eric se sentía como una jaula de cristal. El silencio posterior a la desastrosa reunión legal era asfixiante, interrumpido solo por el sonido del whisky cayendo en un vaso de cristal. Eric estaba hundido en su sillón, con la mirada fija en el vacío. No solo había perdido su empresa; había sido humillado por el hombre que, sin él saberlo, le había prestado el capital para empezar.
—Elliot... —susurró Eric, su voz ronca por la furia—. Todo este tiempo fue él. Él nos puso la trampa, Ju