99. No hacia ella.
El aire pesa.
El olor a sangre fresca impregna cada partícula de oxígeno, caliente y metálico, envolviéndome en un manto que aviva la criatura dentro de mí.
Me quedo quieto un instante, mi respiración es un gruñido contenido, un eco gutural que resuena en la garganta. Frente a mí, Rita sigue inmóvil. Sus labios están entreabiertos, su pecho sube y baja de forma errática, sus ojos fijos en los cuerpos caídos a su alrededor.
La luna arriba nos baña con su luz pálida, proyectando sombras deformes