109. La manada de las cicatrices.
El bosque se estremecía con cada paso de Luke. No era solo el peso de su forma de lobo lo que hacía crujir la tierra, sino la furia contenida que volvía cada músculo una amenaza viva. Era más que un hombre lobo ahora. Era una advertencia.
Rita lo seguía a unos pasos, su respiración medida, los ojos atentos, la pistola firme en su mano. Cada crujido, cada rama que se movía con el viento podía ser una trampa. La tensión la hacía sentir como si su cuerpo ardiera, pero era un fuego distinto: mezcla