100. Así como ella es la mía.
El amanecer tiñe el cielo de rojo, como si el mundo estuviera manchado de la misma sangre que cubre mis manos. Rita está a mi lado, su respiración entrecortada, su piel fría por el viento de la madrugada. Me observa en silencio, esperando que yo diga algo, que le dé una dirección, un camino.
Pero la verdad es que no tengo uno.
Solo sé que no hemos terminado.
Natan sigue vivo.
Lo siento en los huesos, en la forma en que la brisa se arrastra por mi espalda, en la presión en mi pecho que no desapa