36. El despertar de los dos.
El cuarto estaba en silencio, salvo por el sonido de su respiración suave, profunda. Rita dormía con la misma calma que me había embriagado cada vez que la observaba en su fragilidad, en su humanidad tan pura, tan opuesta a lo que soy, pero tan irresistible al mismo tiempo. Mi mirada recorría su rostro, estudiando los pequeños detalles que había llegado a conocer de memoria. Cada línea, cada curva, cada pliegue de su piel. Cada vez que veía esos ojos cerrados, me preguntaba qué pasaba por su me