31. La tormenta que se avecina.
El aire en la habitación estaba cargado, como si la tormenta estuviera a punto de desatarse. Yo no sabía si estaba listo para lo que implicaba mi decisión, pero, por primera vez en mucho tiempo, sentía que al menos estaba tomando las riendas de mi vida. Rita había dicho lo que todos evitaban decirme: tenía que ser honesto conmigo mismo. Y, tal vez, eso era lo más aterrador de todo. Porque al mirarla, en ese instante, supe que ya no había marcha atrás.
La noche continuó avanzando en su curso, pe