19. Confesiones bajo la luna.
No dejamos de caminar hasta que estuvimos lo suficientemente lejos.
El silencio se extendía entre nosotros, interrumpido solo por nuestra respiración agitada. Rita no decía nada, pero su mente parecía estar tan inquieta como la mía.
Yo tampoco tenía palabras. ¿Cómo explicarle lo que ni yo terminaba de aceptar?
Finalmente, me detuve en un viejo parque abandonado. La herrumbre devoraba los columpios, las ramas desnudas de los árboles arañaban el cielo, y el banco de madera parecía a punto de desm