20. No es tu pelea.
El aire de la noche todavía olía a peligro. A tierra, a sangre, a algo más profundo que se filtraba en mi piel y me recordaba que, aunque hubiéramos escapado, la cacería no había terminado. Natan sabía dónde estaba. Sabía que seguiría con vida. Y tarde o temprano, volvería a buscarme.
Podría haber intentado correr, dejar todo atrás y perderme en la ciudad, pero no tenía sentido. No con las heridas aún cerrándose. No con Rita.
—Quiero que volvamos a casa —dijo ella, como si hubiera leído mis pen