103. El Santuario de las Cenizas.
Llegamos al amanecer. No queda nada del cielo, solo un tono gris opaco que tiñe todo de desolación. El antiguo santuario se alza como una ruina silenciosa en medio del bosque olvidado, oculto por la niebla y el paso del tiempo. Piedras rotas, vitrales vacíos, hiedra trepando por los muros que aún resisten. Tiene forma de cruz y huele a humedad, a memoria. A muerte.
—Aquí solíamos venir de niños —le digo a Rita mientras le aparto una rama del rostro—. Antes de que la manada se dividiera. Era un