SILVANO DI SANTINO
El edificio estaba en silencio. Todos se habían ido. Incluso ella.
Pero yo seguía ahí.
Frente a mi escritorio, en penumbras, con la chaqueta sobre los hombros y las manos aún temblando.
La imagen de Adeline colapsando me seguía martillando la cabeza. Su piel pálida. Sus labios temblando. Su miedo.
Ese miedo visceral que paraliza. Que no se puede fingir.
La apreté contra mí como si pudiera prestarle mi aire. Como si eso bastara para salvarla.
Como si mi cercanía pudiera borrar