ANNELISSE DE FILIPPI
La noche estaba fría, pero no lo sentía.
El calor seguía ardiéndome en la piel, en los labios… en el pecho.
Silvano me acompañó de regreso a casa en silencio, pero no era un silencio incómodo. Era un silencio lleno. Cargado. Íntimo.
Íbamos caminando de la mano. Había dejado su auto unas cuadras más lejos porque quería eso: caminar conmigo de la mano. Nos mirábamos y sonreíamos como dos adolescentes.
Al llegar al portal, se detuvo.
—Gracias por… todo —susurré, bajando la mir