BASTIEN DE FILIPPI – MILÁN
El hangar olía a combustible y metal. El aire se sentía espeso, un presagio de muerte.
Apenas el avión aterrizó, caminé hacia donde debería estar el auto de Lucien. Y ahí estaba.
La puerta se abrió. Lucien bajó, con Adeline en brazos, y mi corazón se apretó. Su mirada estaba cargada con una tristeza enorme. Mi muchacho… el niño que vi crecer, el hijo de mi mejor amigo caminaba diferente. Una oscuridad se había instalado dentro de él. Ya no era el niño que corría hacia