SILVANO DE SANTIS
Mi hombro ardía por el rasguño de bala que Bastien me había provocado, pero eso no dolía tanto como lo que venía a continuación: mentirle a Anny. Fingir. Jugar el papel del héroe… cuando todo había sido una prueba.
La puerta metálica se abrió.
Dos hombres me señalaron la salida, besé la frente de Anny y la tomé en mis brazos.
La Van estaba lista, con el motor encendido.
Uno de ellos me lanzó una mirada de respeto—quizá lástima—y me murmuró al oído:
— Los dejaremos en el hospit