AMELIA ALBERTI
Abrí los ojos con un sobresalto. El sol apenas filtraba sus primeros rayos por la ventana del hospital, pero ya estaba sentada al lado de su cama, como si mis sueños me hubieran traído directo de vuelta a él.
Paolo dormía tranquilo. Su respiración era profunda y acompasada, y esa era mi mejor medicina.
La puerta se abrió con suavidad y entró el doctor con una carpeta en mano. Me puse de pie enseguida.
—Buenos días —saludó con una sonrisa amable—. Vamos a ver cómo va nuestro guerr