Respiré hondo antes de salir de la cocina. Me pasé la mano por el cabello, me arreglé el vestido como si eso fuera a disimular el lío que había dejado en mí. Volví a la mesa con las piernas medio temblorosas, su sabor aún en mi boca. Heloísa me miró de reojo y esbozó esa sonrisa pícara.
—Volviste hasta más ligera, eh —dijo Tatiana.
—Tienes cara de haber hecho algo bueno —dijo Heloísa.
Me senté y bebí un trago del refresco.
—Estuve con él —respondí.
Ellas me miraron confundidas.
—¿Él quién