Atravesé el patio entre los invitados, esquivando a los niños que corrían gritando con globos en la mano y a los tíos que ya estaban algo alterados por la cerveza. Fui hacia la cocina, que estaba algo aislada del ruido. Las luces allí eran más tenues, y el sonido de la música llegaba apagado.
Abrí la nevera y cogí una botella de agua. Miré alrededor. Nadie. Ni la madre del Diablo estaba por allí. Cogí un vaso del armario y lo llené hasta la mitad. Lo llevé a mis labios y di el primer trago.
Sen