El coche avanzaba despacio por las calles ya vacías, con las luces de los postes parpadeando de vez en cuando, dando ese aire de fin de fiesta. Él estaba callado, con la mano firme en el volante, el brazo izquierdo apoyado en la puerta, golpeteando ligeramente con los dedos. La ventana medio abierta dejaba entrar el viento. Miré por la ventana, sin decir nada. La calle empezaba a subir, y yo sabía que él iba a su casa en lo alto. Ese mismo camino de siempre. El ruido del coche subiendo resonaba