La noche había caído sobre la ciudad como un manto de hierro. La luna apenas se filtraba entre las nubes pesadas, y el viento arrastraba consigo un murmullo inquietante que parecía seguir a Adriano mientras conducía por los caminos menos transitados. El silencio de la madrugada solo era interrumpido por el rugido discreto del motor, como un corazón mecánico latiendo al compás de su ansiedad.
No llevaba escolta. Había ordenado que nadie lo siguiera, ni siquiera Damian. Aquella visita debía ser s