Adalberto...
La biblioteca estaba casi a oscuras. Solo la lámpara de escritorio, con su luz cálida y amarillenta, alumbraba la estancia, proyectando sombras alargadas sobre los muros cargados de libros. Adriáno, el Don, permanecía de pie frente a la mesa de roble, las manos apoyadas en ella, los ojos fijos en la puerta. Había aguardado demasiado tiempo este momento.
Los pasos resonaron al otro lado del pasillo, firmes, seguros, como los de un hombre que jamás teme a nadie. La puerta se abrió lentamente, y A