Capítulo Nueve

Isabella Virelli no se equivocaba.

Eso fue lo primero que comprendí al darle la vuelta a la tarjeta y encontrar cuatro palabras escritas en el reverso con su caligrafía impecable:

Pregúntale por Ginebra.

No dormí. Damien tampoco. A las cinco de la mañana, preparé café. Apareció en la puerta de la cocina con la expresión de quien se había pasado la noche desmontando algo y no había decidido si volver a armarlo.

Le puse una taza delante sin decir nada.

Se sentó. Bebió. Se quedó mirando la encimer
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