Isabella Virelli no se equivocaba.
Eso fue lo primero que comprendí al darle la vuelta a la tarjeta y encontrar cuatro palabras escritas en el reverso con su caligrafía impecable:
Pregúntale por Ginebra.
No dormí. Damien tampoco. A las cinco de la mañana, preparé café. Apareció en la puerta de la cocina con la expresión de quien se había pasado la noche desmontando algo y no había decidido si volver a armarlo.
Le puse una taza delante sin decir nada.
Se sentó. Bebió. Se quedó mirando la encimer