La dirección era una cafetería en una esquina de Carroll Gardens, a cuatro cuadras del apartamento de mi abuela.
Me quedé un momento afuera antes de entrar. El barrio tenía ese encanto especial que siempre había tenido para mí: a la vez más pequeño y más grande que mi recuerdo, las calles un poco más estrechas de lo que las imaginaba, los edificios un poco más visibles. La bodega de la esquina aún conservaba el mismo letrero pintado a mano. El árbol frente al edificio de mi abuela, a dos calles