El avión chárter despegó de Teterboro a las doce cuarenta y el horizonte de Manhattan se desvaneció bajo nosotros con la indiferencia de una ciudad que no se detiene ante las partidas, por importantes que sean.
Damien estaba sentado frente a mí. Nadia se encontraba en la parte trasera de la cabina, con su cuaderno azul en el regazo, mirando por la ventana el Atlántico que comenzaba a asomar. Tenía la serenidad de alguien para quien este vuelo representaba la culminación de algo muy largo.
Aún n