El refugio médico de la Red en los valles escondidos de Neuquén olía a antiséptico y a miedo. Fuera, la tormenta seguía castigando la montaña, pero dentro, la batalla era por la vida de Antonia. La fiebre había subido como una marea imparable, consumiendo su cuerpo ya debilitado por el parto traumático en la lancha y la huida frenética del Santuario de Cristal.
Noah estaba sentado al lado de la cama, con los ojos hundidos y la barba de varios días. No se había movido de allí en cuarenta y ocho