El refugio estaba sumido en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el silbido del viento que se colaba por las rendijas de la estructura de acero. Noah estaba frente a la puerta de la habitación de Antonia, con la mano en el picaporte, dudando. Había cambiado su ropa táctica por un suéter de lana oscuro; quería parecerse lo menos posible al guerrero que ella ahora asociaba con un secuestrador.
En sus brazos, Nael dormía, ajeno a que su sola existencia era la prueba de un amor que su madre