.El silencio dentro del Santuario de Cristal era tan denso que se podía cortar con un suspiro. Noah estaba de pie en el centro del gran salón, con su arma en la mano, esperando el impacto del primer equipo de asalto. Las luces de emergencia bañaban su rostro de un rojo carmesí, acentuando las cicatrices de una guerra que nunca terminaba.
Sin embargo, cuando la pesada puerta blindada fue forzada desde el exterior, no hubo ráfagas de balas. Hubo un paso lento, rítmico, y una voz que emergió de la