El rugido del helicóptero de los Montenegro sobre el Delta no era solo ruido; era una sentencia. El viento provocado por las hélices azotaba los sauces llorones, obligándolos a inclinarse como si ellos también temieran la furia de Alejandro. Noah cargó a Antonia hacia el muelle desvencijado de la cabaña, sintiendo cómo el cuerpo de ella pesaba más con cada paso, no por los meses de embarazo, sino por la tensión que la mantenía rígida.
—¡Subí, ahora! —gritó Noah, señalando una lancha de motor fu