La lluvia golpeaba el techo de chapa de la cabaña con la fuerza de mil martillos. Era un refugio perdido en lo más profundo del Delta, un lugar que no figuraba en ningún mapa oficial y que solo la Red mantenía activo para emergencias extremas. El aire olía a madera vieja, humedad y al perfume embriagador de Antonia, que ahora se mezclaba con el aroma a cuero y lluvia de Noah.
Habían escapado de la autopista por un pelo. La camioneta de la Red los había dejado allí con suministros básicos y una