El llanto del recién nacido era un hilo de vida frágil que cortaba el silencio sepulcral del manglar. Noah, con las manos aún temblando por haber recibido a su hijo, sintió que el mundo se inclinaba sobre su eje. La revelación de la paternidad lo había golpeado con la fuerza de un rayo: el niño no tenía el rastro gélido de los Montenegro; era el vivo retrato del hombre que lo sostenía.
Pero el destino, cruel y caprichoso, no le dio ni un segundo para saborear la redención.
—¡Noah! ¡Sé que está