La mansión Montenegro no era un hogar; era una garganta de piedra y oro que se tragaba la luz del día. Al caer la noche, las sombras en el gran salón parecían cobrar vida, estirándose sobre las alfombras persas como dedos que buscaban atrapar a Antonia.
Antonia estaba de pie junto al ventanal, observando el camino de entrada. El notario de la familia, el Dr. Varga, un hombre que había servido a tres generaciones de Montenegro y cuya discreción era tan absoluta como su falta de escrúpulos, debía