El sol de la mañana entró por los ventanales de la cocina como un puñetazo.
Noah no había dormido. Llevaba horas sentado en la misma silla, con la misma taza de café fría entre las manos, los ojos fijos en el teléfono que no vibraba. La cena de la noche anterior seguía en la mesa, los platos servidos, las velas apagadas, las flores que había cortado del jardín marchitándose en el jarrón. Leo había dormido con la trabajadora de la Red, y Noah no había subido a verlo. No podía. Cada vez que inten