La noche en la mansión se volvió eterna, hecha de silencios que Antonia llenaba con la respiración de Alejandro, con los latidos de su corazón, con el eco de las palabras que había escrito en el teléfono y que no podía borrar.
«No. No puedo. Perdoname.»
Las letras seguían ahí, grabadas en su memoria, ardiéndole en el pecho cada vez que cerraba los ojos. Se imaginó a Noah en la cocina, con la cena enfriándose sobre la mesa, las velas apagadas, Leo durmiendo arriba. Se lo imaginó mirando el teléf