El aire en la suite se volvió irrespirable. Natalia sostenía la copa de champán con una elegancia depredadora, la sonrisa fija en los labios como una herida abierta. La pluma de Alejandro rozaba el papel, una milésima de segundo antes de entregarle a Natalia lo único que importaba: la custodia legal de Leo. El tic-tac de un reloj de pared sonaba como martillazos en la sien de Antonia.
Pero entonces el mundo de Natalia estalló.
Su teléfono explotó en notificaciones. Dejó caer la copa de cristal,