La casa de Noah en la montaña amaneció envuelta en una niebla espesa que se pegaba a los vidrios como una segunda piel. Después de la huida del hotel, después de que los hombres de la Red sellaran cada acceso y Elena desplegara los sistemas de seguridad que su abuelo había dejado para momentos como este, la casa se había convertido en un búnker. Pero Antonia sabía que las paredes más gruesas no detienen las dudas. Las dudas entran por las grietas que uno mismo abre sin querer.
Leo dormía en su