La calma del Santuario se rompió a las tres de la mañana.
No fue un estallido. Fue algo más silencioso. Más profundo. Un fallo sistémico que recorrió los cables como un escalofrío. Las luces artificiales, que debían imitar la oscuridad de la noche, parpadearon dos veces y se encendieron en un rojo de emergencia que tiñó las paredes de piedra como si estuvieran bañadas en sangre. El aire se volvió denso, pesado, cargado de algo que Antonia reconoció antes de entenderlo. No era un desperfecto. Er