Antonia miró a Leo durante mucho tiempo. Contó sus pestañas, el arco de sus cejas, la forma en que sus labios se entreabrían con cada exhalación. Era su hijo. Lo había sido desde el día que lo pusieron en sus brazos en la mansión de Alejandro, desde la primera noche que lo meció contra su pecho mientras él lloraba sin consuelo. Lo sería siempre. Pero ahora la palabra «suyo» pesaba diferente. Pesaba como una elección. Como un abismo que ella había cruzado sin saber que había otro camino.
Noah ap