Natalia se volvió. Su cara, cuando la vio, se iluminó con una alegría que helaba la sangre.
—Llegaste. Sabía que ibas a venir. Siempre vienes a salvarlo. Aunque él no te merezca.
Antonia caminó hacia ella con pasos que no temblaban. Noah la seguía, a un paso, las manos abiertas, los ojos fijos en Valeria, que no se había movido de la mesa.
—¿Qué tenés? —preguntó Antonia, señalando el sobre con la cabeza.
—La verdad. Lo que él no quiere que sepas. Lo que va a cambiar todo lo que creés saber.
—No