La mansión estaba vacía cuando Antonia y Noah llegaron.
Las luces del jardín seguían encendidas, los jazmines seguían floreciendo, las piedras blancas del camino brillaban bajo la luz de los faroles. Pero la puerta principal estaba entreabierta. El recibidor, vacío. Los cuadros en las paredes miraban desde las sombras, los retratos de los Montenegro observando en silencio a los intrusos que caminaban por los pasillos que una vez fueron su prisión.
Antonia recorrió la planta baja con pasos que n