El sobre llegó al atardecer, cuando la luz del sol se filtraba por los ventanales de la mansión y pintaba el suelo de naranja.
Alejandro lo recibió de manos de su abogado. No preguntó quién lo enviaba. No hizo falta. Reconoció el sello del laboratorio antes de abrirlo, los mismos que había visto en la mesa de su comedor, los mismos que Antonia había llevado consigo cuando se fue. Sus dedos tardaron en romper el papel. Las manos le temblaban, y odió ese temblor con una furia que no podía dirigir