La noche cayó sobre el refugio como una caricia.
Antonia estaba sentada en el umbral de la cabaña, con las piernas cruzadas, los brazos abrazando sus rodillas. Afuera, el bosque se había sumido en un silencio profundo, roto apenas por el canto lejano de los grillos y el viento que movía las copas de los árboles. Las luces de los hombres de la Red se veían a lo lejos, puntos naranjas que se movían entre la oscuridad como luciérnagas perdidas.
Noah salió detrás de ella. Sus pasos eran lentos, arr